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jueves, 21 de mayo de 2009

La Arqueología dominicana

Antropóloga Glenny Tavarez, Fernando Luna Calderón EPD, Ike y Sobieski

La Arqueología dominicana inaugura su quehacer en los primeros años del siglo XX. Tuvo sus antecedentes en las investigaciones del cónsul inglés Sir Robert Schomburg con su informe acerca del corral de los indios de San Juan de la Maguana, de Alejandro Llenas sobre los ciguayos y de Narciso Alberti Bosch, cuyos hallazgos describió en su libro “Apuntes para la Prehistoria de Quisqueya” (1912). Otro pionero de la Arqueología dominicana, Emile de Boyrie Moya, legó a la bibliografía nacional varias obras que recogen el resultado de sus trabajos desde 1945 hasta 1960.

La creación en 1971 del Museo del Hombre Dominicano, dirigido en la primera etapa por José Antonio Caro Álvarez, dará mayores impulsos a dicho campo del saber con las aportaciones, fundadas en el más estricto rigor científico, de Marcio Veloz Maggiolo, Elpidio Ortega, Bernardo Vega, Manuel García Arévalo, Plinio Pina, Renato Rímoli, Fernando Luna Calderón, Glenys Tavares y otros. Actualmente, las prospecciones arqueológicas se encuentran paralizadas. De desear es que prosigan con miras a un más
acabado conocimiento del período prehispánico de nuestra isla.


La Antropología Cultural y, especialmente, los estudios afrodominicanos, brillaron por su ausencia hasta 1973, cuando se celebró en la Universidad Autónoma de Santo Domingo el primer coloquio sobre la presencia de África en las Antillas. La creencia, fomentada por los intelectuales de tendencia conservadora, de que la República Dominicana es un país de esencias culturales puramente hispánicas, no contaminadas por otras foráneas, será puesta en entredicho por un conjunto de antropólogos y sociólogos que se han interesado en revelar las influencias africanas en la cultura dominicana como resultado de la importación de miles de esclavos negros pertenecientes a distintas etnias. La música y el baile, los complejos mágico-religiosos, los sistemas económicos y de parentesco, el léxico y la culinaria de origen africano han salido a relucir gracias a la labor de estudiosos como Franklin Franco, Rubén Silié, Carlos Dore, Martha Davis, Carlos Andújar, June Rosemberg, Fradique Lizardo, Lusitania Martínez, Carlos Hernández, Fátima Portorreal, Dabogerto Tejeda, José Guerrero, etc.


Revista de Ciencias Sociales
Sociales

Año I, Volumen I, Número II, diciembre 2005, Santo Domingo, República Dominicana

viernes, 20 de marzo de 2009

El subibaja geológico de San Juan


Cueva de San Francisco

La naturaleza dominicana-Formaciones geológicas

Félix Servio Ducoudray

Ya aquí chocamos con el Eoceno. Dicho por el profesor Marcano al pie del cerro San Francisco, en Pedro Santana, que es poblado de frontera; y con lo cual quiso decir que habíamos llegado al límite donde por esa zona empiezan, con la cordillera Central, las rocas y formaciones geológicas de ese período que en el calendario del planeta y de la isla está marcado así: 60 millones de años atrás.

Fecha aproximada (no podría ser de otra manera en casos como éste) de sus primeros pasos, que hasta los últimos que dio duraron 20 (millones, desde luego). Se entiende que he puesto aquí, con esos 20, la duración del Eoceno. Comenzó, pues, 60 millones de años antes del presente, y acabó hace 40 millones de años.

Montones de grandes peñones de caliza de ese tiempo se le alcanzaban a ver en sus altas laderas. Caliza terrosa, no estratificada, masiva, como la de sus desgarrones blancos o paredes de falla.
Esa es la roca del cerro San Francisco. Eocénica pero diferente de otra caliza de la misma época que también aparece en el costado sureño de la cordillera y aún cerca de allí: la de la formación Abuillot, empaquetada en nítidos estratos y que por las intensas presiones a que estuvo sometida (causantes del metamorfismo) resultó cristalina y con los mentados estratos levantados, frecuentemente en posición vertical. Así los deja ver la carretera que ahora corta la loma de El Número y por la cual pasa el viajero flanqueado por esta formación.

La caliza del cerro de San Francisco es además cárstica y cuevosa. Y esta condición que a trechos por minería del agua, le pone obra como de orfebrería geológica en las entrañas huecas, ha convertido una de sus cuevas en estación terminal de romerías religiosas donde los campesinos van con sus hijos para cumplir la promesa del cabello.

Un día, estando yo cerca del cráter de uno de los volcanes sanjuaneros, por Asiento de Luisa, escuché esta razón que me daba un lugareño: —Yo tuve 24 hijos con la difunta, pero diez se me murieron. Y desde entonces, cada vez que nacía uno le he hecho la promesa a San Francisco para que me lo cuidara.

Esa explicación me dio de las largas trenzas del varón que estaba a punto de cumplir los siete años, y que las tenía recogidas con cintas.
La promesa la iría a cumplir en la cueva grande del cerro, donde el 4 de octubre de cada año se celebra la fiesta de San Francisco.

¿Quién no se entretuvo alguna vez, viendo pasar las nubes, en descifrarles las figuras que simulan o sugieren? La humedad de la cueva, que en sus paredes cría hongos, dio pie a los creyentes de la zona para juego semejante: en un punto de la pared la parte más porosa y húmeda que delimita el criadero del hongo, compone una mancha que los campesinos, por la estampa del contorno y el color castaño de la oxidación, identifican como representación milagrosa del santo. Por eso le han puesto a la montaña cerro de San Francisco.

Los padres van con los hijos al cabo de la promesa de los siete años: al cumplir esa edad los llevan a la cueva —Eoceno religioso— para que allí les corten las trenzas que les dejaron correr todo ese tiempo. Es seguro que el día de San Francisco hallarán en la cueva a las mujeres que se encargan del corte sin cobrar. Por devoción ejercen la peluquería. Y el día del santo es un gentío. «¿Adónde van ustedes?» El grupo de muchachas respondió: «A prender velones a San Francisco». Para entrar a la cueva —situada a media altura de la loma— se ha construido una escalera de madera que va del piso de la falla hasta la misma boca.
Adentro, una gran sala de cuyos lados arrancan las galerías en que dejan sus ofrendas los creyentes: generalmente cruces envueltas en papeles de varios colores, que al año siguiente buscarán y encontrarán. O si no, campesinos que van con animales. En este caso, ofrenda menos perdurable, porque allí mismo son puestos a remate. Al pie del ascenso y de la loma, dos cruces: la de Liborio, azul y muy sureña, con dos crucecitas cargadas en los brazos extendidos, y la cristiana de palos cruzados, pero aún ésa con tres piedras de superstición encima: una en el tope, las otras dos a los lados: «para que llueva».

Y debajo de todo esto, alrededor y encima, el Eoceno con el que Marcano dijo que ya habíamos chocado. Repito sus palabras que puse al comienzo de esta crónica: «Ya aquí chocamos con el Eoceno». De esa manera enunciaba una importante constatación para la geología del valle de San Juan, la primera que sacó en claro de esta excursión científica que el 22 de mayo de 1981 nos puso de nuevo en ese territorio enigmático.

— ¿Qué ha visto?
—No. Nada.
Marcano iba encerrado, callado, rumiando conjeturas y explicaciones. Lo ve todo, lo compara mentalmente con lo observado en otro sitio («La teoría que algunos sostienen, de que por aquí la formación Las Matas descansa sobre el Mioceno es bastante aceptable»); pero hasta no ver y rever que sale en otra parte, pongo por caso, lo que casi con seguridad sabía que estaba debajo de los materiales superficiales, hasta que no lo verifica (cuando el terreno baja y expone en afloramientos los materiales que arriba se ocultaban), no dice nada.


Kilómetros adelante me puso en la pista de las deducciones con que iba descifrando los secretos de esa geología.

En la ruta hacia el cerro San Francisco y en todo lo que se vio desde el cruce de Matayaya, donde pusimos proa hacia Bánica, lo que había eran formaciones del Mioceno. Sobre ellas podría decirse que marchaba el yip. Y esas rocas del Mioceno llegaban exactamente al pie del muro montañoso que alza el Eoceno en la cordillera Central.

Lo que él realmente había querido decir con aquello, era que en esa parte del valle las formaciones del Mioceno caen directamente con las del Eoceno.

Para entender lo que eso significa, tengamos cuenta con lo siguiente: el Eoceno, como ya se dijo, empezó hace 60 millones de años; el Oligoceno, 40 millones de años, y el Mioceno 26 millones.
En ese orden.

En cada uno de esos períodos, los materiales de las respectivas formaciones geológicas se sedimentaron en el fondo del mar, tras lo cual emergieron para constituir (con otras más antiguas y otras más recientes) los distintos pisos de nuestro territorio.
Y allí faltaban las correspondientes al Oligoceno.

La geología saltaba del Eoceno al Mioceno. La ausencia de formaciones del período intermedio indicaba que durante el Oligoceno esa parte del valle no estuvo sumergida recibiendo depósitos de sedimentos, sino a flote, emergida, en seco, con las rocas del Eoceno a flor de agua o por encima del agua. Que así ha de haber permanecido unos catorce millones de años o algo más, hasta que hace 26 millones o algo menos volvió a hundirse, y que, otra vez debajo de las aguas del mar, recibió entonces los materiales del período miocénico con que se constituyeron las formaciones que ahora «chocan» con el cerro San Francisco. Pero no sólo eso. La formación conglomerado Bulla había sido encontrada por Marcano, al sur de la cordillera Central, desde la loma del Yaque (en los confines orientales del valle de San Juan) hasta Carrera de Yegua, sobre el meridiano de Las Matas de Farfán poco más o menos y al norte de esa población, y ahora en este viaje la buscamos en vano más al este de Carrera de Yegua hasta la misma Frontera: ni rastro de ella.

Digamos de paso que este fue otro resultado importante de la expedición geológica; confirmar que la extensión lateral de dicha formación, hacia el oeste, se detiene en ese punto que hemos dicho.

Más allá, el Mioceno más temprano que aparece, tiene todos los visos de ser la formación Cercado (que en el Sur ha sido mal nombrada como formación Arroyo Blanco) y eran los estratos y conglomerados de ella los que se vieron chocar con el Eoceno.

Y ahora sigamos: en todos los puntos del Sur en que la ha descubierto Marcano (Carrera de Yegua, Yabonico, Punta Caña, Hato del Padre, Cañafistol, Loma del Yaque) la formación conglomerado Bulla, que por ser la primera está en la base de las siguientes formaciones geológicas del Mioceno, se halla, también ella, directamente sobre calizas del Eoceno, sólo que esta vez no las terrosas y masivas que afloran por el cerro San Francisco, sino las cristalinas y claramente estratificadas de la formación Abuillot; pero de todos modos, aunque diferente, formación eocénica, que es lo importante para lo que va a decir el profesor Marcano al anudar las constataciones de este viaje con las de viajes anteriores:

—En la parte norte del valle de San Juan, y no solamente en los alrededores de Pedro Santana sino desde la loma del Yaque hasta la Frontera, no existen formaciones correspondientes al Oligoceno. No las hemos encontrado. Desde loma del Yaque hasta Carrera de Yegua, sobre el Eoceno aparece Bulla; y de ahí hacia el oeste, otra formación igualmente miocénica que muy probablemente sea Cercado.

Toda esa porción del valle, pues, permaneció emergida a lo largo del período oligocénico. Punto importante para la historia geológica de la llanura.

Al día siguiente salimos bien temprano de San Juan y anduvimos merodeando en sus alrededores, por los vecindarios del volcán que se ve en A siento de Luisa, más allá de Hato del Padre. Nos llevaba el propósito de acercarnos al cráter para admirarlo y poder rastrear nuevas evidencias de su flujo de lavas.

martes, 24 de febrero de 2009

Geología, Enigmas, Mitos e Histórica Estructural del Valle De San Juan


José Enrique Méndez


San Juan y su Valle es enigma en sus montañas, en sus cuevas, en la metamorfosis de sus rocas, en el agua de sus manantiales y ríos.


Fruto del desgarramiento cataclísmico, como enigma de la historia geológica, hoy lucen imponentes las huellas genéticas del llamado valle de San Juan, todo un “paisaje geológico aparentemente sencillo, que retiene su misterioso secreto desde el fondo soterrado del mar, inicialmente “móvil corteza terrestre, con ríos no menos intranquilos y variables.


En el comienzo lo que hoy es el valle de San Juan era una cuenca marina de sedimentación. (..). La “formación conglomerado Bulla” había sido encontrada por Marcano, al sur de la cordillera Central, desde la loma del Yaque (en los confines orientales del valle de San Juan) hasta Carrera de Yegua, sobre el meridiano de Las Matas de Farfán poco más o menos y al norte de esa población, y ahora en este viaje la buscamos en vano más al este de Carrera de Yegua hasta la misma Frontera: ni rastro de ella.


Fue así que surgieron una serie de lomas y mesetas que presentan en su mayor parte caracteres de bosque, así como pequeñas zonas con características de sabanas extensas y bajas.


También surgieron las grandes colinas del Valle, y su interesante sistema de drenaje pluvial, mediante el cual se irriga cada sendero distinto de los suelos de la provincia.


El Valle tiene una forma alargada, con una extensión de más de 100 Km. y ancho de 20 Km. aproximadamente. Es drenado por dos sistemas fluviales divergentes: el del Río San Juan tributario mayor del Yaque del Sur que drena su porción oriental y el Río Macasía, tributario del Río Artibonito que drena su porción occidental”.


Al respecto El profesor Manuel de Jesús Marcano haciendo referencias sobre este tópico nos habla de dos bloques inclinados que conforman, desde su fondo el declive dual y convergente del valle de San Juan., comenta:

“El drenaje natural del valle probablemente se deba al levantamiento de las formaciones de calizas eocénicas “(…) El drenaje natural del valle probablemente se deba al levantamiento de las formaciones de calizas eocénicas que están próximas a la cordillera Central, las que arrastraron hacia arriba las formaciones que se habían depositado en el Mioceno. Por la parte sur del valle, el levantamiento determina que el drenaje sea contrario al de la parte norte: de la sierra de Neiba al río San Juan y sus tributarios.”


Félix Servio Ducoudary, en su obra “Naturaleza Dominicana, Formaciones Geológicas”, con lenguaje un poco poético, nos habla de las ventajas geológicas del sistema de drenaje pluvial del valle, haciendo referencia a su Planicie, sedimentaria expresa que esta “ se tendió a dormir sobre el duro colchón de rocas más antiguas y profundas, para que el espigado arroz alzara, sobre el verdor acuático, su nutricio pendón, de pajizo dorado comestible, por lo cual es gramínea de caldero y de mesa, o el empecinamiento forestal de las baitoas —blanco mástil con vela de esmeralda— que sigue siendo tierno no obstante la sequía; y corrieran los ríos por su lomo, pobladas las orillas de rolitas y tórtolas que con urgente pico sacan del pedregal los granos del sustento”..



En el Valle existen cuevas volcánicas, que han surgido de derrames de lava, o cuevas que han sido formadas por procesos erosivos.
Las Cuevas de Seboruco, al pie del balneario natural de la gigantesca presa de Sabaneta, colocadas sobre un gran Mogote o Peñón de caliza poseen tres cavidades principales con tramos de galerías de cortos espacios,

Marcano hurgando en la identidad de la región desde su formación geológica escribe:
“La humedad de la cueva, que en sus paredes cría hongos, dio pie a los creyentes de la zona para juego semejante: en un punto de la pared la parte más porosa y húmeda que delimita el criadero del hongo, compone una mancha que los campesinos, por la estampa del contorno y el color castaño de la oxidación, identifican como representación milagrosa del santo”.
“Al pie del ascenso y de la loma, dos cruces: la de Liborio, azul y muy sureña, con dos crucecitas cargadas en los brazos extendidos, y la cristiana de palos cruzados, pero aún ésa con tres piedras de superstición encima:

una en el tope, las otras dos a los lados: «para que llueva».Y debajo de todo esto, alrededor y encima, el Eoceno.”

E. O. Garrido Puello en su obra “Espejo del Pasado”, nos cuenta: “A varios kilómetros al Noroeste de la ciudad de San Juan de la Maguana existe una loma Catana Matía (..) visité el lugar tras la tradición de que esa loma era un volcán apagado (...) A más de 30 kilómetros alrededor de esa loma se ven desparramadas superficialmente piedras volcánicas como si el predio fuera un cascajal, No se trata de algunas piedras sueltas, sino de un tapizado completo. Son piedras perforadas, no demasiado duras, con todas las características de provenir de un fenómeno geológico., Son piedras que parecen formadas por enfriamiento”.

(..) el extraño fenómeno debe tener origen en las fuerzas ocultas de la naturaleza. La loma tiene una cavidad vertical cuya profundidad es insospechable Si se lanza un guijarro, el ruido se pierde sin que se sienta su caída. Tanto esa profundidad como las piedras revelan con claridad que la loma fue un volcán, que quizás conmovió trágicamente la isla hará varios milenios.” (3)

El misterio, el extraño fenómeno geológico se manifiesta de nuevo en el caso de la caliza cárstica y cuevosa del cerro de San Francisco, y sus materiales del período miocénico con que se constituyeron las formaciones que ahora «chocan» (..) terrosas y masivas aflorando por el cerro, “que a trechos por minería del agua, le pone obra como de orfebrería geológica en sus entrañas huecas, convirtiendo una de sus cuevas en estación terminal de romerías religiosas donde los campesinos van con sus hijos para cumplir la promesa del cabello”, en la cueva grande del cerro, donde el 4 de octubre de cada año se celebra la fiesta de San Francisco.

“Para entrar a la cueva —situada a media altura de la loma— se ha construido una escalera de madera que va del piso de la falla hasta la misma boca.


Adentro, una gran sala de cuyos lados arrancan las galerías en que dejan sus ofrendas los creyentes: generalmente cruces envueltas en papeles de varios colores, que al año siguiente buscarán y encontrarán. O si no, campesinos que van con animales. En este caso, ofrenda menos perdurable, porque allí mismo son puestos a remate. Al pie del ascenso y de la loma, dos cruces: la de Liborio, azul y muy sureña, con dos crucecitas cargadas en los brazos extendidos, y la cristiana de palos cruzados, pero aún ésa con tres piedras de superstición encima: una en el tope, las otras dos a los lados: «para que llueva».Y debajo de todo esto, alrededor y encima, el Eoceno”(2).


no obstante la sequía; y corrieran los ríos por su lomo, pobladas las orillas de rolitas y tórtolas que con urgente pico sacan del pedregal los granos del sustento.”(2)


El valle y sus afloramientos, sus plegamientos, la limburgita volcánica, son el resultado de las fracturas que desde los periodos geológicos llamados: Eoceno, EL CUAL empezó hace 60 millones de años; el Oligoceno, 40 millones de años, y el Mioceno 26 millones, evolucionando definiendo y formando sus rasgos tectónicos morfológicos.


“El Valle de San Juan, que por el N.O., termina en la Plaine Centrale de Haití llega por el E. hasta la llanura de Azua y Bahía de Ocoa.


Esta fosa está rellena de sedimentos del Neoterciario y del Pleistoceno”.(1)

“Al norte la cordillera Central, la de Neiba al sur y puesto entre las dos y al pie de ellas, a ras del ruedo de sus faldas, como plataforma perfectamente nivelada, el valle”(2).


“Sí: el gran valle de San Juan es un inmenso llano. Planicie horizontal sedimentaria que se tendió a dormir sobre el duro colchón de rocas más antiguas y profundas, para que el espigado arroz alzara, sobre el verdor acuático, su nutricio pendón, de pajizo dorado comestible, por lo cual es gramínea de caldero y de mesa, o el empecinamiento forestal de las baitoas —blanco mástil con vela de esmeralda— que sigue siendo tierno.” (2)


“el extenso llano tiene sus bordes alzados. El del norte y el del sur. Lo constituyen dos segmentos inclinados que forman, en la línea de contacto, una hondonada o quilla central por donde poco más o menos se abrió paso el río San Juan después de la montaña —baja de la cordillera Central—, cuando empezó a buscarle el lado —y la confluencia— al Yaque del Sur, en el cual echa, junto con las suyas, todas las aguas que estos dos declives convergentes obligan a correr hacia su lecho.” (2).


Sobre la roca cretácica del fondo —o más antigua—, la misma que estaba ya encaramada en las cumbres del macizo de la cordillera Central, se depositaron en el Eoceno los materiales calizos de la formación Abuillot, cuyos pliegues verticales pueden verse maravillosamente nítidos, por ejemplo, en el corte que se le dio a la loma de El Número para que pasara rectamente por ella la carretera que va de Azua a Baní o viceversa, o también (para mencionar solamente dos puntos) en la escarpada vertiente trasera de la loma del Yaque, al extremo oriental del valle.

Millones de años después, en el Mioceno, fueron cayendo sobre ella los materiales equivalentes a las formaciones geológicas que en esa misma época se depositaban al norte de la cordillera Central en el valle del Cibao, en este orden: formación Conglomerado Bulla, formación Cercado y formación Gurabo, las que en el lado sur —salvo la Bulla— re-
cibieron innecesariamente nombres diferentes, esto es: formación Arroyo Blanco (Cercado) y formación Arroyo Seco (Gurabo).


Encima de todas, ya en el Plioceno, como nata del valle aunque no sea su flor, cayó el cascajo suelto y la arcilla de la formación Las Matas, que no tiene pareja equivalente en el valle del Cibao, y de la cual no se sabe a ciencia cierta todavía, si fue depósito terrestre, sub-aéreo, o sedimentación ocurrida en circunstancias de un agua litoral poco profunda. Si lo primero: ¿Acaso derrubio continental llegado desde el sur?



(1) Geología histórica de la cordillera central de la isla de Santo Domingo y su posición en el arco de las Antillas, Richard Weyl, Boletín de la Sociedad Dominicana de Geografía, No. 12, Vol XII Enero-diciembre 1988-1992.

(2)

(3) E. O. Garrido Puello, Espejo del Pasado