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sábado, 30 de marzo de 2013

EL LADRON DEL CUCHILLO DE SAN BARTOLOME




Fernando Fernández Duval
El platero estaba sentado en ese viejo y sucio cajón de letrina que veo allá en el fondo, en aquel remoto cuarto, oscuro y maloliente, -en el que mi abuelo deposita, cada noche cuando llega del conuco, sus aperos de trabajo, la cincha, el aparejo y el serón que lleva puesto el burro. Este tranquilo lugar luce como un templo abandonado, y más que sumergido simbólicamente entre la mierda, está herméticamente escondido en el fondo del patio.
Allí justamente estuvo escondido el platero, en esa posición prenatal, porque a un hombre no lo saca nadie a empellones en esas deplorables y primitivas condiciones humanas –dice: con los pantalones bajitos hasta las rodillas, las rodillas pegadas entre pecho y barbilla, los glúteos desnudos y bien apretados para expulsar el contenido de las tripas, porque el que lo intentare, se consideraría un ser insensato o un abusador, calculaba fríamente para sus adentros, mientras sus ojos se espabilaban tímidamente acechantes y desorbitados como un loco.
Se sentía seguro y casi a salvo en esas primitivas condiciones, enclaustrado en ese lugar remoto y exclusivo de la vida, en donde uno se esconde para individualizarse dignamente y en silencio, y donde no hacía otra cosa que pensar cómo salir de ese rincón, para volver a llevar una vida sin sustos, sin que lo advirtieran las personas que probablemente lo pudieron ver entrar a prima noche, volcado en esa silueta pequeña de poca monta, que era la suya, jabao, de pelo blanco y engomado bigote, huyendo despavorido por la puerta trasera de la casa curial, hacia el patio más cercano con el cuchillo de oro de San Bartolomé escondido en medio del berenjenal que había armado, pegado entre camisa y pellejo. Pero –de encontrarlo en ese abrigadero- la gente lo denunciaría, lo ultrajaría vilmente hasta pisarle la cabeza como a una maldita cucaracha, porque no faltaría quien lo viera llevarse el cuchillo, aunque fuera de refilón, como el pelo, que no falta en el sancocho.
Sólo pensaba en lo que haría, si llegara a salir dignamente de ese aprieto. Pensaba también en la probidad y la grandiosidad de su familia, humilde, devota de San Bartolomé y San Antonio, y qué dirían esos santos y la gente, si llegaran a apresarlo, sería un infortunado, pues llegaría a su fin como persona legal, porque pasaría a vivir el resto de su vida en un calabozo inmundo como esa letrina a donde está escondido, si tuviera suerte, la otra posibilidad fuera que la multitud embriagada de amor por San Bartolomé lo linchara y le paseara la cabeza como tesoro de guerra.
Este sería su primer y último robo, nunca había robado, pero esta vez lo hizo, no sabe ahora, impulsado porqué fuerza, si por demencia, si para convertirlo en joyas valiosas para exhibir o vender, o por el mismísimo diablo que vive ajuchando hacer lo malo, por instinto primario, o por otra causa que no entendía en ese preciso momento, del que ya mostraba arrepentimiento, aunque tuvo tiempo de no hacerlo, cuando estaba en el campanario como un mundo aparte, subido en el armonio para alcanzar el cuchillo, en medio de partituras amontonadas y disueltas por el piso, estampas, esculturas y reliquias de imágenes piadosas con la mirada del Cristo Crucificado, allá abajo, en el altar, que lo miraba de reojo para que no lo hiciera.
-¡Se han robado el cuchillo de San Bartolomé! ¡El que cuida la ciudad!, gritaban con rabia, con gestos iracundos y amenazantes los devotos de San Bartolomé, que eran todos los del pueblo.
-Estamos desguarnecidos, comentaban en las esquinas en pequeños grupos.
-Ahora vendrán las aguas con las tormentas cuando empiecen los ciclones y nos arrastrarán hasta el fondo del lago y el valle profundo.
-Vendrán enfermedades y las plagas y nos matarán.
-El que metió sus cuartos en siembra, ¡qué espere!, se le secarán las matas.
-¡Pobres de nosotros!
-¡Estamos jodíos!
-San Bartolomé está indefenso sin el cuchillo. Gritaban alborotados, como si se les estuvieran quebrándose las ramas de algún árbol en sus entrañas.
II
Después de haber estado sentado sobre el cajón, al platero ya no le importaban las voces que escuchaba allá afuera, si lo apresaban y lo mataban, daba lo mismo, porque parecía que hasta San Bartolomé empezaba a rebelarse y a demandar la entrega del cuchillo, ya que el piso de madera de la letrina comenzó a moverse con violentas sacudidas, como si de repente temblara la tierra de un extremo a otro y fuera a tragárselo vivo por una de sus estrechas gargantas que se abrían y cerraban alternativamente.
Las cucarachas hacían vuelos rasantes, mientras el hedor lo asfixiaba y los ratones que tenían allí su escondrijo, giraban como un pequeño ganado a gran velocidad y gimoteaban burlones y escandalizados, ahora, en círculo, alrededor del cajón.
Estaba obligado a alzar sus piernas cortas para mantenerlas suspendidas y evitar tocarlos, porque le producían asco por la murofobia que padecía, y ya creía no tener fuerza para soportarse en esa posición por mucho tiempo. ¡Casi desfallecía!, pues perdía el equilibrio y así, empezaba a columpiarse sin estabilidad de un lugar a otro del cajón, al tiempo que observaba a los ratones como si alguien superior los hubiera arrojado allí en ese engranaje, y la fuerza que los trajo era posiblemente la misma que podía llevárselos.
En ese afán, veía en persona a San Bartolomé que descendía en una especie de aura, despacito y desaparecía como un rayo por el techo de la letrina con su sombrero de paja y su piel en los brazos, como quien lleva un abrigo, ya que pensaba que se la hubiesen arrancado con el propio cuchillo que le había robado, y se aterraba.
-¡No me mate!, gritaba enfebrecido y prácticamente agotado.
-¡Toma tu cuchillo!; y cuando extendía la mano para entregarle el cuchillo y desembarrarse del mismo, San Bartolomé desaparecía.
-¡Toma tu cuchillo!, y el cuchillo se le escapaba entre los dedos e iba descendiendo por el estrecho hoyo de letrina a donde había caído, como una piedra brillante que baja del cielo, para depositarse oscuro, por fin, en la materia fecal acumulada allí en el séptico, no se sabe cuánto tiempo. Por un momento se sintió liberado de su culpa, el cuerpo del delito se le había corrido y quizás su pecado había expiado, ya la prueba había desaparecido, pero San Bartolomé que lo sabe todo, que lo ve todo desde lo alto y a quien en persona él le había quitado el cuchillo, tendría la última palabra. En otras palabras, estaba dominado por ideas encontradas, entre la seguridad de que San Bartolomé lo perdonara, o lo condenara para siempre.
-Aunque un santo es un santo y está hecho para perdonar, se complacía de esperanzas en medio de su tormento.
-¡No me mate!, volvía a gritar.
Esta vez San Bartolomé reía de oreja a oreja y el platero se colmaba de impotencia, porque a pesar de todo, esperaba un milagro del santo al que le rezaba desde niño, y por el que se vestía de blé, macario y buena tuta y le llevaba al corral de la iglesia, ceras y algún animalito bien criado y bien cebado de su granja y le guardaba penitencia en su día los veinticuatro de agosto. Estaba en gran apuro, porque eso era, a fin de cuentas, lo que faltaba, que el santo lo dejara abandonado en el momento más difícil de su vida.
-Eso faltaba, decía desilusionado y fatigado, luego que se le había ido el gozo, fijando sus ojos en un dibujo de una telaraña oscura por el sucio y el abandono y en donde una araña negra, peluda, de incontables patitas, tejía con dedicación y devoción, y en un ejército de hormigas que arrastraban laboriosamente el cadáver de un insecto que yacía en el piso.
-Quiero tu ayuda, y cuanto más ayuda le pedía a San Bartolomé, éste se alejaba de aquel mundo de locura en el que estaba sometido el platero.
El platero entonces se levantó del cajón y dio varias veces contra los muros manchados de impudicias, con restos de mujeres y hombres haciéndose el amor. Mudo de miedo, cerró los ojos y comenzó a rodar en el minúsculo espacio que ocupaba, tratando de encontrar una ventana para buscar el aire purificado que le hacía falta y para mirar al cielo, aspirando encontrar en su inmensidad la mirada de Dios para que se apiadara de él, y la de Santo Bartolomé, que dejó de ver cuando el cuchillo resbaló de su mano, entonces, lo único que lograba, era golpearse el cuerpo como un objeto rodante y sin sentido.
-¡No me mate!
-¡Por Dios, no me mate!, imploraba.
-¡Perdón!
-¡Perdón!
-¡Perdón!, se daba puñetazos en el pecho.
San Bartolomé se había ido definitivamente del lugar y sus palabras se las tragaba la soledad momentánea. El piso volvió a la calma, los ratones se habían retirado en fila india como llegaron de su madriguera y las cucarachas se retiraban al séptico y a los pequeños orificios que le servían de albergue, y a la letrina volvió de nuevo la paz y la serenidad de la noche. El viento volvió a soplar suave desde lo alto de la montaña como la vela de un velero en la mar, y a penetrar por las rendijas. Aunque la multitud que lo buscaba volvía a estar más cerca, virando los patios más cercanos y las polvorientas y maltrechas callejuelas, mientras el sudor lo bañaba de alivio y San Bartolomé lo contemplaba en silencio, esta vez desde lo alto del campanario de la iglesia, desde donde cuida la ciudad sin el cuchillo de oro que le habían robado, pero San Bartolomé en esta ocasión lo miraba con misericordia y sin poder hacer nada, porque el platero ya había sido condenado a vivir desterrado para siempre, divagando sin sesera, de ahora en adelante.

1 comentario:

Jose De la rosa dijo...

Muy interesante y para mi muestra el camino a seguir en lo que confiere al aprendizaje de escribir cuento.