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jueves, 6 de enero de 2011

Las dos cajas de dientes




Autor: E. O. Garrido Puello

Sentado frente a su mesa de trabajo, pensativo y calculador, David Martínez libraba una batalla interior. Desde hacía tiempo revolvía su imaginación en busca de una fórmula que lo llevara hasta la boca de Pancho Paula, campesino astuto, tacaño y de posibles; pero empecinado en no gastar la plata en provecho de su persona y del dentista. Martínez era dentista de mucha clientela en el Sur, donde se le conocía bien, no tanto por su profesión como por sus anécdotas y chistes, siempre sabrosos y mordaces.

En la época de esta historia los dentistas y médicos eran escasos en la región del Sur.

Los que aparecían se trasladaban de pueblo en pueblo en busca de clientes y de dinero.

Martínez era un de ellos.

Pancho Paula, que pasaba del medio siglo, tenía sus antojos y deseos que la boca,deteriorada por los años y el desaseo, se negaba a complacer; pero como más podía en él la tacañería que los antojos, el dentista no podía convencerlo de que dos cajas de dientes influirían poderosamente en la conservación de su salud, proporcionándole, además, todos los medios de satisfacer sus complicados caprichos culinarios. El problema del dentista no era tanto la posible ganancia, que no dejaba de ser prometedora, como la de vencer una temeraria resistencia que no estaba acostumbrado a encontrar por los caminos de su carrera profesional.

Siempre había tenido éxito en todos sus empeños y el que hubiera un rebelde a su ciencia y sus modales, finos e insinuantes, lo soliviantaba, sacándolo de su natural parsimonia.

Tanto caviló y pensó en el asunto hasta que al fin la imaginación le proporcionó un ardid que, al ponerlo en práctica sin pérdida de tiempo, le ayudó a romper el frente de terquedad del campesino.

Pancho Paula acostumbraba a visitar la oficina del dentista en sus frecuentes correrías por el pueblo, no tanto para disfrutar de su conversación, amena y humorista, salpicada de intencionadas bromas, como para recrearse contemplando los trabajos que ejecutaba, siempre atraído por la fascinante historia de lo que podía hacer su boca si se le colocaban dos cajas de dientes. En una de esas visitas, Martínez, ladino y mañoso, le dice:

—Amigo, un general de Las Caobas me ha pedido un par de cajas de dientes. Haga elfavor de prestarme su boca para atender el encargo. El mañé y Ud. calzan.

Pancho Paula, galante, la ofrece gustoso. Martínez lo hace sentar en el sillón y le toma la impresión, ejecutando luego el trabajo con tanta prisa como se lo permitieron los medios a su disposición. El dentista tenía mucha confianza en el dominio que ejercía sobre su profesión y en su palabrería persuasiva y convincente. Por esa razón tan pronto como las cajas estuvieron preparadas para ser usadas, aprovechando la primera visita de su víctima, con su característica sonrisita, le dice:

—Amigo, las cajas de dientes están listas; pero antes de entregarlas al cliente Ud. me hará un nuevo favor: pisarlas, porque a las cajas de dientes, como a los zapatos, hay que pisarlas para darle su forma definitiva.

Pancho Paula, ignorante de la trampa que se le arma, otra vez ofrece su boca, donde son colocadas las dos flamantes cajas de dientes, con esta advertencia: si siente molestia,vuelva para corregirla.

Pancho Paula retornó dos o tres veces a la oficina, siendo atendido con prontitud y cortesía. Pasó algún tiempo. Las visitas de Paula a su amigo escasearon. Martínez sonreía pensando en el éxito de su estratagema, interpretando como de buen augurio la ausencia de Paula. Un buen día, ya seguro de su triunfo, llamó a Paula y con mucha sorna, le informó:

—Amigo, dentro de tres días iré para Las Caobas a entregar el trabajo.

Favor de devolverme las dos cajas de dientes que le di a pisar.

Paula se desconcierta con la petición del dentista y con su aturdimiento, creyendo en su simpleza de campesino que el amigo y profesional lo maltrataba, protesta de la injusticia que él cree se le hace al despojarlo de tan útil menester.

—Imposible devolverlas, –dice en tono algo destemplado–. Ya estoy acostumbrado a usarlas y me quedaré con ellas. Como chicharrón y caña, –agrega.

Martínez, sin inmutarse por la altanería de Paula, sigue impertérrito en su comedia y le riposta, siempre con su acostumbrada marrulla:

—Las cajas de dientes están en su poder para pisarlas. Eso fue lo convenido cuando Ud. generosamente me ofreció su ayuda. El mañé me espera, me pagó su dinero y el honor profesional me obliga a cumplir la palabra empeñada.

Paula, amoscado, contrariado y temeroso, se hace conciliador, cree sobornar al dentista y le ofrece el doble del valor si se las deja, creyendo ser ese el mejor camino para violentar la resistencia del dentista. Martínez, buen comediante, ensaya nuevos ardides para seguir forzando el interés de Paula; pero al fin, protestando de que la amistad es siempre abusadora e impositiva, consiente en dejar incumplida su promesa y admite el soborno, transándose por $200.00, suma exorbitante para la época en que acaece esta historia, que es verídica, aunque cualquier lector la puede tomar como fantasía de mi imaginación.



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