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miércoles, 8 de agosto de 2012

ROSTROS



 Décimas a San Juan de la Maguana”, del poeta Bismar Galán


Estrechar todas las manos
al penetrar en San Juan
es pasaporte de pan,
de lecho, miel y de hermanos.
En los recodos arcanos
retumba la voz que viene.
El eslogan que previene,
que ahuyenta la soledad:
San Juan en su intimidad,
“mala cara nunca tiene”.

La sonrisa sanjuanera
tiene un sello irrepetido,
tiene un sabor de sentido,
que en la noche reverbera.
¿Cada sonrisa es quimera
ante el dolor persistente?
Nada es tan puro y latente
entre los hijos del Valle
que la risa en su detalle,
que la risa refulgente.

Caonabo y Enriquillo,
enérgica rebeldía;
de seductora alegría,
Anacaona en su brillo.
Su imagen es un castillo
de elevada arquitectura.
De acero fue su armadura,
de aromas su eternidad
y con fuerza de unidad
marcan el sol con su altura.

Brazos y mentes de fuego
se hibridan en cada paso,
en el alba, en el ocaso,
con los temores y el ruego.
En estas liras que lego,
cual guerrero solitario,
para torcer el calvario
con pilares de mi alma
sigo de pie. Sin la calma.
No aguardo pan y sudario.


Tú, campesino guerrero
abrazas los cafetales
y arrullas los manantiales
con azahar de limonero.
Tú eres padre y consejero,
fuerza, guía y labrador.
Faro, luz y sembrador
del camino que has calado,
maestro y enamorado,
es tu donaire el sudor.




El maestro en su salón
siembra el mañana de luz;
cada rayo es una cruz
que enciende otro corazón.
Un número, una canción,
una letra de esperanza.
Un sueño más que descansa
en la mirada infantil
que en rostro de paz viril, 
empuña el lápiz, su lanza.


Tú, maestro inmaculado,
que tras la luz marcas paso,
que no sabes del ocaso,
vas con Urania a tu lado.
De ella, su ejemplo guardado
para besar el saber.
Para espíritus tejer
en los hijos de esta tierra,
hasta el confín de la sierra
haces las letras correr.

Tú, sembrador de alegría
en auroras somnolientas,
en las polainas que tientas
llevas la real melodía.
En ti descansa, este día,
el santiamén, el tesoro.
Cada semilla es de oro
si va en tu mano de acero
cuando el sol es compañero
de la lluvia y su decoro.



Liborio viste de santo
entre sus hijos más fieles
y entre flores y anaqueles
se extiende regio otro canto.
El homenaje es un manto
frente a otra seña más alta.
Y la prole que la asalta
con bendición del Agüita
siente el final de su cuita 
en otro sueño que esmalta.

El constructor se levanta
con el futuro en la mano
y en cada instante al pagano
motivo vuelve y le canta.
Suelta el gabán y la manta
que en la noche lo cobija.
La décima más prolija
suelta frente al edificio
y se mete en el oficio
que sus sudores alija.

Aguador de la rigola
se vuelve por sus senderos,
abraza a sus compañeros
bajo el sol que se enarbola.
El viento no tiene ola
que melle la insolación.
Sus pasos son la razón
para ceder al remanso
y su espera del descanso
no ha tenido parangón.




El galeno que se aferra
a dar amor por salud,
no teme a la lasitud,
se ata al firme de la sierra.
Con sus saberes le cierra
todo camino al dolor.
Sigue armado del verdor
que es la ciencia cautivante
y pone freno al instante
que amenaza a su candor.

El viento con sus abrazos
trae aroma de batatas;
su aliento roza las matas
que circundan como lazos.
Se tensan piernas y brazos
y la camisa respira.
En los badenes se vira
la carga. Nada es preciso.
Por la escena que diviso
se exprime un dejo en mi lira.

El guerrillero encumbrado
que sangró por libertad
ha sembrado de unidad
el vergel de lo logrado.
Hasta el camino sorteado
deja la huella del busto.
Siempre raudo, siempre justo,
saca néctar del dolor;
trilló en el pecho una flor
aquel disparo vetusto.




El yerbero en la vereda
siembra pócimas de bien,
y en sus altares también
hay un aroma que queda.
Cuando la suerte se enreda
no fluye otra solución.
La copa, carta y canción
cierran la escena de cura
y la ciencia se procura
después de la invocación.

Los indios bajan al río
a sus néctares beber
y no es ajado creer
que acomodan su amorío.
El negro fue al lomerío
con el “machete” afilado.
El tiempo se ha perfilado
en lujuria compartida
y otro tiempo es la medida
que la historia no ha cerrado.


El patrón salta contento
con la suerte en el bolsillo;
el triunfo viste amarillo,
el gallo lanza un lamento.
Es de gozo y sufrimiento
cada sangrienta batalla.
La vieja mira, se calla
porque no entiende razones
cuando tantos corazones
explotan sobre la valla.



Riega sudor de esperanza
el vendedor por tus calles;
sin reparar en detalles,
respira, gime y avanza.
Cada peldaño que alcanza
es dividido entre todos.
La calle vive otros modos
con el pregón y la rima
y el canto gana la cima
al filo de los recodos.

El párroco de la esquina
habla por Dios. Todo sabe.
Y en el discurso le cabe
la libertad que adivina.
Tiene un rezo que combina
con la dádiva y la duda.
Tiene esperanza menuda
que al sembrador aprovecha,
porta en la cruz ya deshecha
la fórmula que desnuda.

La familia sanjuanera
se abraza con su pasado,
donde el rencor es vedado
por un beso en primavera.
Cada abuelo es una era
que el padre sabe dignar.
La abuela es un valladar
de mesura y de sapiencia,
la madre con su experiencia
sabe el decoro guardar.




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