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lunes, 24 de septiembre de 2012

MARIO BENEDETTI, POETA DE INFLACIÓN PALABRARIA





Por Rafael Pineda
El 14 de setiembre se conmemora cada año el aniversario del nacimiento del narrador, poeta y dramaturgo uruguayo Mario Benedetti (1920- 2009), considerado uno de los autores más punzantes del siglo veinte.  

Autor de una obra fuerte, voluminosa e influyente.  Poemas de la Oficina, la novela en verso El Cumpleaños de Juan Ángel, la obra de teatro Pedro y El Capitán,  los ensayos Letras de Emergencia (sobre el compromiso de los intelectuales en la sociedad), y los cuentos y poemas divulgados en la revista Casa de las Américas, fueron las primeras publicaciones que leí, de las emanadas desde su laureada fuente creadora.

Recuerdo que una de sus ficciones la releì incontables veces en compañía de amigos con quienes compartía en mi pueblo natal el gusto por la lectura:  el cuento Relevo de pruebas.
Luego de una prolongada enfermedad el 17 de mayo de 2009 aconteció el infausto suceso de su muerte.  Estuve en el velatorio en el Palacio Legislativo y al día siguiente acompañé el funeral,  muy cerca de Eduardo Galeano, el autor de  Relatos de amor y de Guerra  (premio «Casa de las Américas») y de Las Venas Abiertas de América Latina.  Estuve allí  entrelazando las manos con miles de uruguayos, caminando hacia el cementerio central donde escucharía la oración fúnebre pronunciada por Daniel Viglietti.  Compartiendo el dolor que se siente cuando se despide a uno de los grandes hombres del  siglo XX.  En el trayecto al cementerio, vi a las mujeres uruguayas  acercarse al cortejo  fúnebre y depositar claveles rojos, blancos y amarillos sobre el ataúd.
Entrevistando a Eduardo Galeano, un periodista le dijo: «Parece mentira que usted que es un maestro de la palabra, no tenga la palabra para despedir al poeta». Y él respondió con una frase que será inmortal: «Mi amigo era de inflación palabraria, no monetaria, y yo creo que el dolor se dice callando», luego agregó: «Benditos sean los hombres y mujeres generosos y honestos como él»
En verdad, todo parece mentira. Cuando escuché la despedida que le hacía la entonces Ministra de Educación y Cultura, María Simon, trazando con palabras plañideras el dolor de tener que decirle adiós  a un ser entrañable que no se va, que persiste en quedarse, que va a estar para siempre en el corazón del pueblo, enseñando, a través de sus libros, a los latinoamericanos (no sólo a los uruguayos, porque Benedetti  le pertenece a todos nuestros países) a defender la alegría.
 Cuando escuché las palabras de aquella ministra delicada, describiendo lo que Mario Benedetti  había hecho  por la vida, pensé que todo aquello no era realidad, sino una mentira piadosa o una jugada de un inventor de ficciones.  Pero era verdad que estábamos allí despidiendo a un gran hombre. Y una vez más me concentré en el discurso. Ella, con sus palabras, estaba dibujando la figura de un gigante:   «Fiel, consecuente, coherente, en la época dura del exilio y en el desexilio. El amor de su pueblo es el honor más grande que se le puede dar a una  persona pública». 
 Después leí en el diario lo que Eduardo Galeano dijo cuando al fin le salieron las palabras porque en el entierro no dijo nada, se mantuvo sereno, con la vista fija en  ese punto infinito donde moraría para siempre el amigo.
En  los países de la América hispana lloramos la desaparición física de Mario Benedetti, y en la Republica Dominicana, uno de sus admiradores más conspicuos, el poeta Miguel Collado, lo despidió con estos  versos: 

Te agradecemos el fuego de tu palabra justiciera,
Incluso el cumpleaños de Juan Ángel
En primavera, con una esquina rota en la alegría,
Con geografías invadidas por la soledad de Babel,
Bebiéndonos un borroso café,
Subidos en andamios desteñidos.
En la víspera indeleble de tu partida,
Sólo mientras tanto,
Te queremos cantar tus poemas de la oficina,
Tus poemas del hoy por hoy,
Hacer un inventario de tus amigos tristes,
Sin perder la noción de patria que te animaba.

En Montevideo caminé muchas veces  junto al novelista Diógenes Valdez  por la vereda del Restaurante San Rafael, en calle San José y Zelmar Miquelini, y me decía Diógenes: «Mira, aquí viene todos los días Mario Benedetti a comer».
 Ahora, sentado en el mismo restaurante, en la misma silla que tantas veces ocupó, estoy leyendo la dedicatoria del mozo que lo atendía en la mesa número seis, donde colocó una fotografía y un cartelito que dice:   «Aquí se sentaba Mario Benedetti».  
En este aniversario  noventa y uno, parafraseando a Galeano, yo le agrego a esa nota: poeta de inflación palabraria, generoso y honesto.


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