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jueves, 1 de octubre de 2009

A la maestra, con cariño (2)

Por Dinápoles Soto Bello

Cuando pienso ahora en estas cosas, y en otras más, ni me reconozco. Hasta fui actor (¿acaso sueño?) en la representación teatral del drama Iguaniona de Javier Angulo Guridi, bajo la dirección de la inolvidable doña Monina Cámpora, directora de la Escuela de Bellas Artes.

Tras largos días de memorizaciones y ensayos al fin hice mi papel no recuerdo ahora de cuál personaje, ni de qué modo pude soltar la lengua, paralizada por la tensión nerviosa.

Ese grupo de estudiantes vivía en efervescencia cultural. Metíamos la cuchara en todo. Pretendíamos ser poetas, oradores, actores, escritores, alumnos de primera fila.


Hacíamos excursiones al río, a la montaña. Esos hermanos (éramos como tales) recordarán, Inés, la que hicimos en ¿briosos? caballos a las Cuevas de Xeboruco, en una de las estribaciones de la Cordillera Central, cuyas peripecias conté en el artículo Los jinetes de Xeboruco, publicado en Estudiantina, el periódico de la escuela normal a cargo de los estudiantes.

¡Oh, mi querida maestra, el colmo del atrevimiento de algunos de nosotros fue intentar escalar las alturas sonoras de los grandes tenores! ¿Acaso lo sabías, querida? Supongo que por un milagro del cielo no se nos rompieron las cuerdas vocales imitando a Mario Lanza en la interpretación de la Granada de Agustín Lara y a Luis Mariano en la de La violetera.

Yo ensayaba en el baño de mi casa y las ruidosas estridencias de mi voz herían la paz y los oídos del vecindario, haciendo que mi progenitora, no pocas veces, me llamara la atención.

Sin embargo, mis ambiciones de cantante sufrieron un doloroso revés en un acto celebrado en la escuela.

En el programa del mismo figuraba yo con el encargo de cantar no recuerdo cuál canción ¡Ay, ay, ay, Inés! ¿No fuiste testigo de lo que pasó? Eso corrió como agua desbordada… Derramaba mi “dulce” voz en los “embelesados” oídos del público cuando de repente solté un “gallo” chillón. Con ojos grandes de luna llena, escuché aterrado el resonante coro de risas, y deseé que me tragara la tierra.

¡Qué descalabro! Pero inesperadamente para todos, yo el primero, también me puse a reír del percance. Con calma de Buda risueño esperé que pasara la tempestad, reinicié la canción, la terminé, ¡y sonaron aplausos!,... no sé si por la “magistral” interpretación o por el desparpajo con que enfrenté la situación.

Esto lo sabías: Éramos desafectos al régimen de Trujillo, lo que empezó a trascender, para preocupación de algunas personas que nos apreciaban.

El gran dilema se presentaba cuando se nos encomendaban discursos para conmemoraciones de eventos históricos, en los que no debían faltar segmentos laudatorios al tirano. Imposible pronunciarlos sin el “nihil obstat” del director “Jeringuilla”.

Acordamos entonces insertar un solo segmento en el discurso, al principio o al final, y de manera escueta, pero sin éxito, pues se nos exigían al menos dos segmentos, y de ahí no pasábamos.

En la recta final del bachillerato ocurrió un acontecimiento muy triste que hizo cundir preocupación y abatimiento entre estudiantes y profesores: el apresamiento del dilecto compañero Nelson Valenzuela Herrera y de su hermano José Vetillo, por sus actividades conspirativas contra Trujillo a través del movimiento 14 de Junio. Los confinaron en La 40, cárcel infernalmente célebre, de la cual pudieron salir vivos, gracias a Dios.

Grande fue la consternación de todos, querida maestra, y desgarraba el alma ver el estado de la familia Valenzuela-Herrera, el abatimiento y la profunda aflicción de doña Titina, la dignísima madre

. Se hizo el vacío en torno a sus miembros; por temor a caer en desgracia con el régimen; se evitaba visitarlos.

¡Oh, mi querida Inés, recuerdo bien esos días, las tristes conversaciones que teníamos con Fabio y doña Titina los que tuvimos la valentía de ir a su casa! La amistad se sobrepuso al miedo, ¡y de eso me he sentido orgulloso toda la vida!, y de paso anoto la comprensión de mis progenitores, que no se opusieron a mis visitas, pese al riesgo que corría papá de ser cancelado de la dirección de Rentas Internas. ¡Gracias doy a mis queridos viejos, por tantos valores bellos que nos inculcaron!

Esa casa de los Valenzuela-Herrera era muy familiar para algunos de nosotros, pues en ella estudiábamos con frecuencia Fabio, Nelson, Clodomiro Suero, Tomás Caamaño y yo. Nos levantábamos a eso de las cinco de la madrugada; no siempre nos acompañaba Nelson, reacio a desprenderse de los acogedores brazos de la cama.

El alma del grupo era Fabio, alegre, chispeante, bromista. Sabíamos alternar estudio y descanso. Imposible descuidarnos con el primero, pues sobre nosotros pendía la espada de Damocles de los exigentes profesores que teníamos, tú entre ellos.

Ante ustedes no podíamos quedar mal; era vergonzoso, ¡oh, maestra querida! ¿El descanso?: chistes, chismes, café y pan. Éste salíamos a comprarlo a la panadería más cercana cuando el hambre hacía que 7 por 3 diera 14 y en ellas realizábamos el milagro de la multiplicación de los panes, versión esa traviesa cofradía, pues por cinco centavos obteníamos una cantidad de panes cuyo precio era como cinco veces mayor. Uno de nosotros llevaba un abrigo puesto y, ¡oh, milagro!, entraba flaco y salía gordo.

El maestro panadero apodado Lamatí nos atendía soñoliento y ese milagro se producía estando él en ese estado. Nunca te contamos esta travesura, Inés, para evitar uno de esos sermones tuyos que nos hacían enrojecer la cara y meternos el rabito entre las piernas.

Al hacer mención del temperamento bromista de Fabio, recuerdo ahora una sabrosa anécdota protagonizada por él y Yaque (Rafael Herrera Suazo), profesor de lengua española, entre los cuales se desarrolló el siguiente diálogo:

Yaque - Fabio Simón, haga el favor de conjugar el verbo competir.

Fabio - Yo compito, tú con flauta y él con saxofón.

Yaque – Y usted, Fabio Simón, con toda su orquesta, se me va para la Dirección.

Contigo, querida Inés, teníamos la confianza de comentar todo lo que nos pasaba, con pocas excepciones. Eras un remanso de confidencias, sin que aprobaras incondicionalmente las cosas que hacíamos.

Visitábamos tu casa, la misma de siempre, en el número 42 de la calle Colón.

Nos recibías con esa sonrisa tuya tan radiosa de empatía, pero durante la conversación bastaba ver la expresión de tu cara para saber si merecíamos reproches o alabanzas, y sin velos de hipocresías, que nunca han cubierto tu rostro, nos “jalabas” las orejas o nos dabas espaldarazos de aliento.

¡Con cuánta nostalgia recuerdo esa familiaridad respetuosa con que nos tratábamos y hasta con que discutíamos! Te comportabas como lo que has sido siempre, ¡una verdadera maestra!, que utilizabas la comprensión cariñosa para transmitir conocimientos y valores que ayudaban a los alumnos a ser mejores seres humanos.

A esa casa tuya íbamos a consultarte cosas, a conversar, en la verdadera acepción del término; es decir, sin monólogos “one way”, cada uno dando oportunidad al otro de expresar sus ideas, sus puntos de vista.

¡Ay, Inés, eso si que se ha vuelto raro en estos tiempos, en los cuales las “conversaciones” se han convertido en foros de promoción de imágenes personales! Con frecuencia analizábamos los sucesos de actualidad, leíamos poemas y textos de interés. Nunca olvido que sentado en el patio de tu casa, tan arbolado, leí por primera vez los versos del poema Pensamientos de Otoño, de Rubén Darío, su libro Azul en mis manos:

Huye el año a su término /como arroyo que pasa,
llevando del poniente / luz fugitiva y pálida.
Y así como el del pájaro, / que triste tiende el ala,
el vuelo del recuerdo / que al espacio se lanza
languidece en lo inmenso / del azul por do vaga.
Huye el año a su término / como arroyo que pasa.
(…)
En cierta ocasión la conversación desembocó en terrenos filosófico-existenciales. En un momento dado fuiste a buscar entre tus papeles el poema Verdades amargas, de Juan de Dios Peza, el cual conservo aún, ¡copiado de tu puño y letra! Con voz lenta, recogida, triste, me lo leíste de cabo a rabo. Te hago recordar algunas de sus estrofas:
Yo no quiero mirar lo que he mirado /a través del cristal de la experiencia;
el mundo es un mercado en que se compran / honores, voluntades y conciencias.#
(…)
En este laberinto de la vida, / donde tanto domina la maldad,
todo tiene su precio estipulado: / amores, parentesco y amistad.
El que nada atesora, nada vale, / en toda reunión pasa por necio,
y por más nobles que sus hechos sean, / lo que alcanza es la burla y el desprecio.
(…).
La estupidez, el vicio y hasta el crimen / pueden tener su puesto señalado;
las llagas del defecto no se miran / si las cubre un diamante bien tallado.
La sociedad que adora su desdoro / persigue con gran saña al criminal,
mas si el puñal del asesino es oro, / enmudece... ¡y el juez besa el puñal!
(…)
Cuando veo a mi paso tanta infamia / y que mancha a mi planta tanto lodo,
ganas me dan de maldecir la vida, / ganas me dan de maldecir de todo.
A nadie habrá de herir lo aquí digo, / porque ceñido a la verdad estoy:
me dieron a libar hiel y veneno / hiel y veneno en recompensa doy.
Pero si tengo la palabra tosca / de estas líneas oscuras y sin nombre
doblando las rodillas en el polvo, /pido perdón a Dios, pero no al hombre.
Dinápoles Soto Bello es profesional de la física y la matemática

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me dió mucha alegría leer este artículo, donde describes con fidelidad a la profesora Inés. Recuerdo que siendo una pre-adolescente, mi madre, Filda Ramírez, logró que la profesora Inés me diera una clases de inglés. Estos encuentros los llevo grabados en mi memoria, más bien como lecciones de vida, pues ella aprovechaba para enriquecer mi intelecto y aconsejarme, mientras revisabamos colores, artículos, pronombres,etc. de una lengua extranjera.
Tienes un espacio muy interesante.
Saludos,
Rossy de los Santos Ramirez